Una tarde en los toros

[Nuestro head of planning fue a la primera corrida de toros de su vida. Esta es su historia.]

2017? #olé

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“Los santacolomas de Buendía, todos cinqueños, un encaste en origen tan terciado, traían peso y volúmenes alucinantes.”

Lo primero que sorprende al acercarse al mundo del toro es el vocabulario. El críptico entrecomillado de arriba, de hecho, es el arranque de la crónica que hizo El Mundo de la corrida de toros del pasado 7 de junio. El taurino es un vocabulario extraño, como escapado del Cantar del Mío Cid. Un vocabulario lírico que alcanza personajes (puntillero, picador, banderillero), colores (obispo, azabache, corinto, cárdeno) y hasta los nombres de las bestias (Acompasado, Perlasnegras, Coquinero).

Meterse en una plaza de toros en día de corrida es como abrir una puerta del Ministerio del Tiempo y descubrirse en un tiempo lejano. Cincuenta, ochenta, cien años atrás. Qué más da. Un tiempo en el que los hombres encontraban su espacio en un remake de circo romano donde un matador armado de capote y espada se daba cita con una bestia de media tonelada. Un tiempo en el que el uniforme zapato marrón / camisa azul / gomina era mainstream. En el que se fumaba echando el humo al señor de al lado. Un tiempo, en definitiva, no tan pasado como podría parecer.

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De hecho, el tiempo se detiene al entrar por la puerta de arrastre de la plaza de Las Ventas. Es un mundo analógico en el que ninguno de los progresos tecnológicos recientes aplican. No hay videomarcadores, ni megafonía, ni siquiera publicidad en torno al ruedo. Tampoco hay aficionados asiáticos más preocupados por hacerse un selfie que por disfrutar del show. Los señores que tienen su abono de San Isidro (31 corridas, 31 tardes consecutivas) no saben ni les interesa livetweetear nada de lo que allí sucede. Mientras contemplan la faena, en lugar de su smartphone sus manos sujetan un vaso de plástico con un combinado de los de antes como es el ron-cola.

Los toros son un mundo anacrónico, y es algo sorprendentemente refrescante. Son dos horas de un espectáculo crudo en el que un señor (señores, en realidad) se juegan la vida delante de un animal. Hay carne, golpes, sudor, sangre, polvo, madera. Hay gritos, aplausos, trompetas y silencio cuando el torero entra a matar. Hay, ante todo, realidad real, tangible y brutal. 

Es tan fácil ponerse antitaurino como hacer un alegato contracorriente en favor del mundo del toro. Los toros forman incuestionablemente parte de la identidad española, y entenderlos es explicar un poquito más España. Al final, lo mejor es comprar una entrada (en sombra, en el sol uno se asa) y vivirlo al menos una vez en la vida.

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