Curious: The Desire to Know and Why Your Future Depends on It, de Ian Leslie

[Siempre recomendamos leer el libro, pero para los que no hablan inglés o sencillamente solo tienen tiempo de leer cosas en redes sociales, aquí va un resumen de lo que cuenta].

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Ian Leslie es más que un planner, o quizá no. Es un tipo que escribe en el New York Times, que tiene dos libros publicados (Curious es el segundo –el primero fue “Book of the Week” según la BBC) y que además, es guapo. Esto último es un atributo sistemáticamente infravalorado cuando hablamos de estrategia.

La curiosidad es nuestra cuarta razón de ser después de la comida, el sexo y el abrigo. 

Leslie diferencia entre curiosidad diversiva y curiosidad epistémica. La curiosidad diversiva es la que tienen los niños, la que les lleva de un tema a otro, de un objeto de atención a otro sin conseguir arrancar sabiduría real de ninguno de ellos. Cuando esa curiosidad diversiva es focalizada y entrenada hacia la búsqueda de conocimiento y comprensión se transforma en curiosidad epistémica.

Un estudio de 2013 promovido por la New School de Nueva York descubrió que la gente logra mejores resultados en tests de inteligencia social y emocional cuando leen ficción. La razón es que la ficción deja más espacio a la imaginación y anima a los lectores a esforzarse en interpretar las motivaciones de cada personaje. Estos misterios inspiran nuestra curiosidad al hacernos conscientes de lo que no sabemos.

La curiosidad la provoca tanto la información como la falta de información. Cuando conocemos algo sobre un tema, empezamos a ser conscientes de lo que no sabemos, y eso desencadena nuestra curiosidad. Leslie habla de la “zona de curiosidad”, ese espacio que existe entre lo que ya sabes y el momento en que sientes que ya sabes demasiado.

Otra paradoja: el exceso de confianza mata la curiosidad, pero también acaba con ella la falta de confianza. Dice el psicólogo Todd Kashdan que la ansiedad y la curiosidad son dos sistemas opuestos. El miedo es el enemigo de la curiosidad.

Es la capacidad de transmitir el conocimiento de una generación a otra la que nos hace adaptables, inventivos e imaginativos. El hecho de no tener que inventar la rueda nos permite inventar el automóvil. Investigaciones sobre el tema de la innovación han revelado que la edad media en la que científicos e inventores realizan avances significativos ha aumentado con el tiempo. Al acumularse el conocimiento humano lleva más tiempo adquirirlo y, por lo tanto, poder añadir algo a él.

Los niños, curiosos por naturaleza

Leslie habla largo y tendido de la curiosidad en los niños. De hecho, cree que el alargamiento de la niñez, esa infantilización de la que se habla peyorativamente, tiene la ventaja de conservar nuestra curiosidad intacta. Entre los dos y cuatro años los niños realizan unas 40.000 preguntas exploratorias. Cuando los bebés señalan un objeto están haciendo una pregunta. El adulto tiene tres posibles respuestas: enseñarle el nombre del objeto, darle el objeto señalado o ignorar el gesto. Sólo la primera de ellas alimenta la curiosidad del niño.

Un estudio sobre estudiantes de élite en el Reino Unido demostró que los rasgos de personalidad tienen cuatro veces más impacto en las notas de un individuo que su inteligencia. El más importante de ellos es la meticulosidad: persistencia, auto disciplina y la determinación, la capacidad de superar el fracaso.

A principios de los 90 un profesor de la Universidad de California, Robert Bjork, encontró un insight que cambió la manera de comprender el aprendizaje: aprendemos mejor cuando encontramos el aprendizaje dificultoso.

Los informáticos hablar de la diferencia entre explorar y explotar: un sistema aprende más si explora muchas posibilidades, pero será más efectivo si actúa sobre la más probable de ellas. Conforme el bebé se convierte en niño y el niño en adulto irá explotando más en profundidad todo el conocimiento que ha adquirido por el camino.

El mayor contribuidor al éxito futuro de los alumnos no es la inteligencia del niño, sino lo que sabe. Esto se manifiesta, por ejemplo, en la riqueza del vocabulario que maneja. El siguiente mejor predictor es la función motora y por detrás están el autocontrol y la motivación.

Los estudiantes con más éxito no son los más listos, sino los que nunca se rinden. La curiosidad y la persistencia son fundamentales, pero sin conocimiento son como un coche sin gasolina.

Las máquinas son para respuestas, los humanos para preguntas.

Internet debería ser un potenciador de la sabiduría humana, de esa curiosidad epistémica, y sin embargo casi siempre acaba estimulando la curiosidad diversiva a través de emails, tweets, avisos y alertas por estar al día de lo más nuevo. De hecho, un estudio demostró que en Francia el 98% del tráfico va a sitios web franceses. La información fluye globalmente, pero la atención sigue siendo algo muy local.

El problema de internet es que ofrece respuestas a preguntas con una eficacia implacable, y así corta de raíz nuestra frustración productiva. Estamos tan acostumbrados a respuestas fáciles que estamos olvidando cómo hacer preguntas. La pregunta “¿Qué quiero aprender?” es una de las más importantes de nuestra vida, e internet no puede ayudarnos a resolverla.

La persona que no es curiosa -o sencillamente vaga- utiliza internet para mirar fotos de gatos y discutir con extraños. Más que una estupidización generalizada, internet marca una polarización cognitiva entre la gente curiosa y la que no lo es. O en palabras del escritor Kevin Drum: “Internet hace a la gente lista más lista y a la gente tonta más tonta.”

Leslie se enfrenta a pensadores como Nicholas Negroponte, que defiende que en la era de Google y Wikipedia saber cosas es algo obsoleto. Es el conocimiento de múltiples sujetos lo que permite hacer nuevas conexiones, lo que empuja esa serendipia que lleva a la creatividad. La memoria humana, a diferencia de la memoria de un ordenador, es central al puro hecho de pensar. La memoria humana es poco fiable frente a la de una máquina, pero ahí es donde se halla la clave de nuestra creatividad como especie. La memoria a largo plazo es la fuente de nuestra inteligencia, nuestra perspicacia y nuestra creatividad. La persona que deja de aprender porque lo puede googlear está literalmente haciéndose más estúpida.

Ahora que internet nos libra de memorizar datos los colegios pueden centrarse en desarrollar la capacidad de pensar de sus alumnos. Los profesores son entonces más necesarios que nunca para dirigir la curiosidad de los niños y llevarles de la curiosidad diversiva a la epistémica.

Curiosos para ser felices hoy y mañana

Las mentes inquisitivas son el mayor valor de una sociedad que cree en el progreso, la innovación y la creatividad. Esos individuos pueden ser empleados difíciles de manejar por la diversidad de sus intereses (a veces impredecibles) y porque no responden bien cuando se les dice lo que tienen que pensar. Pero son mayoritariamente una gran inversión para cualquier empresa.

En un mundo en el que la tecnología está sustituyendo a las personas incluso en trabajos cualificados ya no basta con ser listo. Los ordenadores son listos. Sin embargo, ningún ordenador puede ser curioso.

En un mundo complejo, en permanente cambio, es imposible saber lo que será útil en el futuro. Por eso es importante multiplicar nuestras apuestas cognitivas. Las personas curiosas saben que algo que aprenden hoy por casualidad puede serles útil mañana.

Los pensadores mejor posicionados para triunfar en el mundo superinformado de hoy y mañana deberán conocer uno o dos temas en profundidad. Pero para prender la mecha de ese conocimiento necesitarán tener la habilidad de pensar sobre ello desde una variedad de puntos de vista y colaborar con gente que conoce en detalle otros temas.

Ian Leslie nos anima a ser thinkerers (thinker + tinker), ser capaces de pensar en grande sin dejar de trabajar en los detalles, tener una visión sin olvidarse de los procesos y los resultados.

Es importante saber vivir y apreciar el presente porque cuando sólo pensamos en el futuro nos aburrimos con el día a día. Los estudios demuestran que las parejas que se aburren al cabo de siete años de matrimonio tienen niveles de satisfacción mucho mayores nueve años más tarde, independientemente de cuánto discutan. Para evitar el aburrimiento las parejas tienen que desarrollar actividades que impliquen aprender o lograr algo juntos.

Cuando elegimos ser curiosos estamos eligiendo no volvernos a aburrir nunca más. Y la felicidad puede definirse con darse cuenta de que las únicas cosas interesantes están fuera de uno mismo. La felicidad está en la curiosidad.

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