Ciudad de México, vivir como si no hubiera mañana

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La Ciudad de México no tiene futuro. O quizá sí que lo tiene. Hundida en un gigante socavón. Abrasada por una erupción volcánica. Deshidratada por falta de agua. O desintegrada por un terremoto. No es una película de catástrofes made in Hollywood, sino todos ellos escenarios probables para la ciudad antes conocida como México DF. Quizá por eso sus habitantes se afanan en vivir como si fuese su último día en la tierra: beben, ríen, trabajan, conducen, cantan y lloran con una intensidad excepcional.

Como español, uno se siente en Ciudad de México como cuando tomas prestada la chaqueta de un amigo: es parecida a la tuya, pero no te queda exactamente igual. Al fin y al cabo, el DF es una ciudad española que dejó de serlo: la ciudad de Tenochtitlán fue construida sobre un lago en el siglo XIV. Dos siglos después los españoles construyeron sobre la ciudad creada por los mexicas -la catedral, por ejemplo, ocupa el lugar que antes tenía el Templo Mayor azteca-  y le cambiaron el nombre. Lo que en márketing llamaríamos un rebranding y un restyling.

El centro histórico de la ciudad podía ser el de cualquier ciudad española y a la vez el de ninguna. Las marcas, por ejemplo, son totalmente distintas. En el centro ni siquiera hay logotipos familiares como los de H&M, Primark o Zara. El único icono al que aferrarse es Vips, creada originalmente en México por una familia española y que tiene el mismo planteamiento que su filial española (Vips Club incluido) aunque su identidad visual sea ligeramente diferente.

Otra marca común a España es galletas Príncipe, aunque en México el príncipe es un galán de traje y corbata que posiciona al producto como un placer para hombres o mujeres, no queda muy claro y qué más da si total están igual de ricas.

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La iniciativa empresarial es algo radicalmente distinto a lo que vemos en Europa. México es un país en el que no hay subsidio de desempleo y apenas hay un frágil sistema de pensiones que da sus primeros pasos. Es decir, allí la gente camina sobre el alambre sin red debajo. Eso hace que todo el mundo se busque la vida para ganar dinero, y más allá del drama que eso esconde, el visitante encuentra trabajos tan insólitos como ingeniosos: el de vendedor de periódicos en los semáforos es un empleo perfectamente estable y respetable.

Las marcas, como decía antes, son muy locales. Y eso, en un mundo en el que se puede comprar la misma falda en Shanghai, Chicago y Zaragoza, es muy refrescante. Por ejemplo la marca deportiva que la está rompiendo, el Under Armour mexicano, es Pirma. Además de proponer una colección de botas de fútbol fluorescentes, patrocina a varios clubes de fútbol de primera división y -según su página Wikipedia- a Cristiano Ronaldo y Leo Messi.

Aunque si hay una gran marca mexicana hoy día es sin duda Rotoplas. Suyo es el logo que adorna todos los depósitos de agua que hay sobre la mayor parte de las azoteas mexicanas. El tinaco de Rotoplas, un contenedor negro con forma de lechera, es la manera de garantizar el agua en los hogares en una ciudad donde el agua corriente no siempre corre. Primero, porque la ciudad de México está a dos mil y pico metros de altitud y a ver cómo bombeas agua hasta ahí arriba. Segundo, porque sus acuíferos están casi agotados y donde antes se encontraba agua a 100m de profundidad, ahora hay que ir a buscarla a 2.000m bajo el suelo y traerla de vuelta a la superficie. La paradoja es que la ciudad que se levantó sobre un lago no tiene apenas agua.

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La marca de México

La única marca global que ha marcado Ciudad de México es inglesa y tiene licencia para matar. En 2015 se estrenó Spectre, hasta hoy la última aventura de James Bond, y la escena inicial transcurría en un multitudinario desfile del Día de Muertos por las calles de la capital mexicana. Todo muy natural (o muy extra-natural) y muy típico mexicano. Sólo había un detalle que lo convertía en ficción: en México no se hace ningún desfile el día 1 de noviembre.

Hasta aquí es la clásica historia del cine anglosajón reinterpretando la cultura local para hacerla más pintoresca para el espectador global. Esto en España nos suena de aquella escena de Semana Santa fallera que se inventaron para Mission: Impossible 2. Lo interesante del caso mexicano es que su alcalde ha visto una oportunidad de negocio y, empezando este año, ha decidido hacer de la fantasía de Bond un evento oficial. Desde 2016, en Ciudad de México ya se desfila disfrazado de calaverita.

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El Día de Muertos es algo totalmente marciano para el visitante, y el contraste entre la tristeza que envuelve a la muerte en España y la celebración de la vida de los muertos que se hace en México no puede ser más pronunciado. Estando en Ciudad de México, uno no puede evitar pensar que la celebración de la muerte es la fiesta anticipada del final de sus días. Hundida, abrasada, deshidratada o desintegrada. Mientras tanto, la gente sigue viviendo, bebiendo, riendo como el que sabe que no hay mañana. Y qué importa mientras haya tequila.

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